lunes, 11 de agosto de 2008

Emiliano Galli

Comercio Exterior
La Nacion


Día de semana, se acerca el horario de fuga de oficinas de microcentro. En Bouchard 557 hay gente en la puerta, en la recepción, caminando en los pasillos, en los ascensores. A muchos todavía les quedan algunas horas de trabajo en la redacción del diario La Nación, a Emiliano Galli no. Trabaja en Comercio Exterior, y luego de varios años logró el lujo de retirarse a casa al atardecer, y ni hablar de los francos sábados y domingos.
- Este laburo suele complicarse con la familia. Yo tengo la suerte de manejar mis tiempos porque salimos semanalmente. Pero éste es un ambiente de presión. Hay que saber poner los límites, porque el trabajo es lo que está pasando, y no deja de pasar a la noche o cuando estás haciendo otra cosa. Yo salgo del diario y sigo en el diario.
Licenciado en periodismo, recibido en la Universidad del Salvador (USAL), Emiliano Galli trabaja en La Nación desde hace ya nueve años.
- Nunca fue mi intención estudiar periodismo. Fui a un colegio italiano humanista y cuando terminé no tenía idea de que quería estudiar. Entonces, hice lo que en ese momento hacían los chicos de 17 años y que creo siguen haciendo: el famoso test de orientación o desorientación vocacional. Dentro de las opciones estaban profesor de inglés y periodista.
Un amargo e inesperado resultado en un examen de inglés lo hizo cambiar de orientación y decidió probar suerte con alguna de las otras opciones arrojadas por el test.
- Antes que buscar algo que me hiciera feliz esperaba encontrar algo que me diera trabajo. Y como era marzo y tenia que, si o si, empezar una carrera porque sino mi viejo me cortaba las piernas, empecé a buscar algo que no necesitara curso de ingreso.
Así comenzó su carrera en la sede de Pilar de la USAL, a ciegas y casi sin pensarlo. Y terminó más o menos de la misma manera. En quinto año fue reclutado por La Nación que buscaba los mejores promedios. Le ofrecieron una beca para hacer algunos trabajos de redacción en la sección Campo.
- Me duele un poco porque no solo mientras estudiaba sino también ahora veo muchos chicos que son brillantes como periodistas y que no encuentran trabajo, y yo sin mucho esfuerzo estoy acá. Yo me considero afortunado y con mucha culpa. Por eso, me lo tomo con la doble responsabilidad. Además, esto que para muchos es una vocación para mi es un trabajo.
Durante esa beca, en una de sus primeras entrevistas como profesional tuvo la oportunidad de probar una de sus teorías que básicamente consistía en preguntar TODO durante las entrevistas pero al terminar, darle la oportunidad al entrevistado de quitar algo que no hubiese querido decir o de corregir lo que quisiera.
- Fue un verdadero bochorno. Nos reunieron a todos los pasantes para tener una charla con unos escribanos y nos dijeron que NUNCA diéramos la oportunidad de corregir lo que ya se había dicho. Me sentí el peor de los periodistas. La cara de vergüenza que debo haber puesto en ese momento...
Dice sentirse ajeno al mundo laboral al que pertenece y que siente tristeza por los chicos que comienzan la carrera.
- Es una profesión muy invasiva, de muy poca autoestima. Sólo unos pocos logran el reconocimiento. Hay muchos periodistas y no todos son columnistas. Tampoco hay mucha posibilidad de ascender y es la pura exposición propia. El que cubre cada cosa esta ahí para decir lo que se está haciendo mal y como debería hacerse, pero nunca va a estar ahí para hacerlo. El periodista habla nada más.
Profesional de un periodismo cerrado, siente orgullo por haber tratado alguna vez aquellos temas desconocidos por la mayoría que luego alcanzaron el nivel del reconocimiento.
- Por ejemplo, el biodiesel que ahora es tan importante y recurrente, no solo por una cuestión de negocios sino porque ahora es tema de ley y demás, recuerdo haberlo tratado en una nota cuando nadie sabia que era. Me toco descubrirlo.
Con cierta angustia recuerda épocas distintas del diario. Luego de la crisis trascurrida a partir del 2001, pudo desarrollar sus potenciales habilidades educativas en la redacción de las notas.
- La Argentina había cambiado y con ella el diario. Tuvimos que cambiar nuestra línea editorial porque había una demanda del mercado de lectores que buscaba información, servicios y no la encontraba. Pequeños comerciantes que vieron la oportunidad de incrementar las ganancias exportando. De hablarle a la industria empezamos a hablarle a las PYMES.

En Comunión con Dios


La mayoría de once años, se preparan para una de las más importantes celebraciones que atravesarán en sus vidas como católicos, la primera comunión. Tal vez sin entender su verdadero significado, niños y niñas caminan convencidos hacia el familiar rostro del padre Ariel, responsable de que un trozo de pan y un poco de vino sacramental se conviertan, con el poder de la fe católica, en el cuerpo y la sangre de Cristo, salvador de todos los hombres.

Los chicos cursan el 4º grado del Colegio Santo Tomás de Aquino, de enseñanza católica, en la ciudad de Campana y están a punto de tomar uno de los siete sacramentos de la Iglesia Católica Apostólica Romana: bautismo, primera comunión, confirmación, penitencia, unción de los enfermos, matrimonio y orden sagrado. “Comunión le decimos porque es la primera vez que tendrán el cuerpo y la sangre de Cristo, juntos con los propios” dice Ariel, el cura del colegio, minutos antes de entregar directamente en la boca de los primerizos, una lámina de harina de trigo sin levadura del tamaño de una moneda, o lo que es lo mismo, el cuerpo de Dios.

Ariel Rodríguez ha cumplido esta tarea con dedicación durante más de 15 años, cuando el colegio apenas comenzaba sus actividades en la ciudad portuaria. “Acompañar a los chicos después de tantos años es lo más gratificante. Algunos ex alumnos que conocí en sus primeros años en la escuela todavía me saludan cuando me ven en la calle, me presentan a sus hijos.” Para muchos de los alumnos del Colegio ha sido el encargado de darles su primera comunión, la Confirmación – otro de los siete sacramentos-, y algunos hasta lo han buscado para que los una en Sagrado matrimonio. “Para muchos el padre Ariel es un amigo más. Lo conocemos desde hace años y nos conoce mejor que muchos de nuestros amigos” comenta Jorge, hermano mayor de uno de los chicos que recibirá el cuerpo de Dios por primera vez. Jorge fue elegido por su hermano para ser su padrino, rol que cumplirá de por vida, para guiarlo en el camino de Dios y acompañarlo cuando sus padres no puedan hacerlo.

La tarea más importante de Ariel como sacerdote en una celebración como lo es La Primera Comunión, es la Eucaristía: la “consagración” de la lámina de trigo llamada hostia y el vino sacramental, en el verdadero cuerpo y sangre de Cristo. Mientras todos los que atienden a la misa permanecen de rodillas y con la cabeza gacha, el sacerdote invoca al Espíritu Santo usando las mismas palabras que Jesús pronunció en la Última Cena que compartió con sus apóstoles antes de ser crucificado. “Tomó el pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio a sus discípulos diciendo: «Tomad, este es mi cuerpo.» Tomó luego una copa y, dadas las gracias, se la dio, y bebieron todos de ella. Y les dijo: «Esta es mi sangre de la Alianza, que es derramada por muchos» AMEN”. Una vez dichas estas palabras y cuando todos hayan pronunciado el saludo “AMEN”, la música del coro de la Iglesia los acompañará por el pasillo central hacia el altar donde recibirán directamente en sus bocas el cuerpo de su Salvador.

Dentro del grupo de niños agasajados, las mujeres estaban vestidas con una túnica blanca, que demuestra su pureza y los hombres con pantalón de vestir gris, camisa blanca y corbata del mismo color, todos de estreno. “Mi mamá me vistió y me puso perfume mientras lloraba, y me dijo que estaba grande, y que a partir de hoy me iba a poder acercar al altar para recibir a Dios cuando quisiera”, contó Julieta de 12 años, algo preocupada también por tener que tomar el vino que generalmente acompaña a la hostia.

“Mi mamá me prometió el celular. Si no me alcanza con lo que me regalen hoy, ella me dijo que me regalaba el dinero que faltara” comentaba Mateo a uno de sus amigos en voz baja. La tradición permite que los niños católicos que toman su primera comunión reciban una donación, generalmente hecha en dinero, a cambio de las estampitas típicas del sacramento, que muestran ángeles, niños y niñas pastores con sus ovejas, y palomas, la última representando al Espíritu Santo, una de las tres formas de la divinidad, junto con el padre y el hijo Jesucristo. Se reparten a la salida de la Iglesia, tratando de disimular la alegría de recibir dinero a cambio. Luego cada uno parte a su casa donde la torta blanca y amarilla los espera junto con los souvenirs, porque no es para menos. La primera comunión es la primera gran celebración que toda persona católica festeja con orgullo y fe en Dios.

Túnicas blancas, palabras mágicas y vino sacramental son los ingredientes de la receta de salvación que estos y todos los niños católicos degustarán cada vez que lo deseen, siempre y cuando, no pierdan la fe.