lunes, 11 de agosto de 2008

En Comunión con Dios


La mayoría de once años, se preparan para una de las más importantes celebraciones que atravesarán en sus vidas como católicos, la primera comunión. Tal vez sin entender su verdadero significado, niños y niñas caminan convencidos hacia el familiar rostro del padre Ariel, responsable de que un trozo de pan y un poco de vino sacramental se conviertan, con el poder de la fe católica, en el cuerpo y la sangre de Cristo, salvador de todos los hombres.

Los chicos cursan el 4º grado del Colegio Santo Tomás de Aquino, de enseñanza católica, en la ciudad de Campana y están a punto de tomar uno de los siete sacramentos de la Iglesia Católica Apostólica Romana: bautismo, primera comunión, confirmación, penitencia, unción de los enfermos, matrimonio y orden sagrado. “Comunión le decimos porque es la primera vez que tendrán el cuerpo y la sangre de Cristo, juntos con los propios” dice Ariel, el cura del colegio, minutos antes de entregar directamente en la boca de los primerizos, una lámina de harina de trigo sin levadura del tamaño de una moneda, o lo que es lo mismo, el cuerpo de Dios.

Ariel Rodríguez ha cumplido esta tarea con dedicación durante más de 15 años, cuando el colegio apenas comenzaba sus actividades en la ciudad portuaria. “Acompañar a los chicos después de tantos años es lo más gratificante. Algunos ex alumnos que conocí en sus primeros años en la escuela todavía me saludan cuando me ven en la calle, me presentan a sus hijos.” Para muchos de los alumnos del Colegio ha sido el encargado de darles su primera comunión, la Confirmación – otro de los siete sacramentos-, y algunos hasta lo han buscado para que los una en Sagrado matrimonio. “Para muchos el padre Ariel es un amigo más. Lo conocemos desde hace años y nos conoce mejor que muchos de nuestros amigos” comenta Jorge, hermano mayor de uno de los chicos que recibirá el cuerpo de Dios por primera vez. Jorge fue elegido por su hermano para ser su padrino, rol que cumplirá de por vida, para guiarlo en el camino de Dios y acompañarlo cuando sus padres no puedan hacerlo.

La tarea más importante de Ariel como sacerdote en una celebración como lo es La Primera Comunión, es la Eucaristía: la “consagración” de la lámina de trigo llamada hostia y el vino sacramental, en el verdadero cuerpo y sangre de Cristo. Mientras todos los que atienden a la misa permanecen de rodillas y con la cabeza gacha, el sacerdote invoca al Espíritu Santo usando las mismas palabras que Jesús pronunció en la Última Cena que compartió con sus apóstoles antes de ser crucificado. “Tomó el pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio a sus discípulos diciendo: «Tomad, este es mi cuerpo.» Tomó luego una copa y, dadas las gracias, se la dio, y bebieron todos de ella. Y les dijo: «Esta es mi sangre de la Alianza, que es derramada por muchos» AMEN”. Una vez dichas estas palabras y cuando todos hayan pronunciado el saludo “AMEN”, la música del coro de la Iglesia los acompañará por el pasillo central hacia el altar donde recibirán directamente en sus bocas el cuerpo de su Salvador.

Dentro del grupo de niños agasajados, las mujeres estaban vestidas con una túnica blanca, que demuestra su pureza y los hombres con pantalón de vestir gris, camisa blanca y corbata del mismo color, todos de estreno. “Mi mamá me vistió y me puso perfume mientras lloraba, y me dijo que estaba grande, y que a partir de hoy me iba a poder acercar al altar para recibir a Dios cuando quisiera”, contó Julieta de 12 años, algo preocupada también por tener que tomar el vino que generalmente acompaña a la hostia.

“Mi mamá me prometió el celular. Si no me alcanza con lo que me regalen hoy, ella me dijo que me regalaba el dinero que faltara” comentaba Mateo a uno de sus amigos en voz baja. La tradición permite que los niños católicos que toman su primera comunión reciban una donación, generalmente hecha en dinero, a cambio de las estampitas típicas del sacramento, que muestran ángeles, niños y niñas pastores con sus ovejas, y palomas, la última representando al Espíritu Santo, una de las tres formas de la divinidad, junto con el padre y el hijo Jesucristo. Se reparten a la salida de la Iglesia, tratando de disimular la alegría de recibir dinero a cambio. Luego cada uno parte a su casa donde la torta blanca y amarilla los espera junto con los souvenirs, porque no es para menos. La primera comunión es la primera gran celebración que toda persona católica festeja con orgullo y fe en Dios.

Túnicas blancas, palabras mágicas y vino sacramental son los ingredientes de la receta de salvación que estos y todos los niños católicos degustarán cada vez que lo deseen, siempre y cuando, no pierdan la fe.

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